
Enseñar inglés es (para ser un trabajo de profesor) inusualmente exigente y agotador. Para hacerlo bien, hay que dedicar mucho tiempo a guiar individualmente a los estudiantes en su escritura y pensamiento. Curiosamente, aún tenía mucha energía para esta parte del trabajo orientada al estudiante. Más bien, eran los libros los que ya no me interesaban, en particular el teatro y la ficción. Era como si un sacerdote, en la mitad de su vida espiritual, hubiera empezado a dudar de la realidad de la transustanciación. Todavía podía conectar con poemas y prosa expositiva, pero la mayoría de la ficción me parecía producto de extremos que ya no deseaba explorar. Tantos años de entrenamiento zen habían reiterado: «No te pierdas en el drama de la vida», y ahí estaba yo, en un aula, defendiendo a Edipo.
El granero al final del mundo: El aprendizaje de un pastor cuáquero y budista

María Rosa O’Reilley
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