
El «yo» es una conciencia desnuda, que acompaña a todos los conceptos. En el «yo», «no se representa más que un sujeto trascendental de pensamientos». «La conciencia en sí misma no es tanto una representación… como una forma de representación en general». El «yo pienso» es «la forma de apercepción, que se aferra a toda experiencia y la precede». Kant capta correctamente el contenido fenoménico del «yo» en la expresión «yo pienso», o —si además se incluye a la «persona práctica» al hablar de «inteligencia»— en la expresión «yo actúo». En el sentido kantiano, debemos entender que decir «yo» es decir «yo pienso». Kant intenta establecer el contenido fenoménico del «yo» como *res cogitans*. Si al hacerlo llama a este «yo» un «sujeto lógico», eso no significa que el «yo» en general sea un concepto obtenido simplemente por medio de la lógica. El «yo» es más bien el sujeto del comportamiento lógico, de la unión. ‘Yo pienso’ significa ‘yo ato’. Todo ato es un ‘*yo* ato’. En cualquier toma o relación, el «yo» siempre subyace: el ὑποκείμενον [hypokeimenon; subjectum; subject]. El *subjectum* es, por lo tanto, ‘conciencia en sí misma’, no una representación sino la ‘forma’ de la representación. Es decir, el «yo pienso» no es algo representado, sino la estructura formal de representar como tal, y esta estructura formal por sí sola hace posible que algo haya sido representado. Cuando hablamos de la «forma» de la representación, no tenemos en mente ni un marco ni un concepto universal, sino aquello que, como εἶδος [eidos], hace que todo lo representado y todo lo representado sea lo que es. Si el «yo» se entiende como la forma de la representación, esto equivale a decir que es el ‘sujeto lógico’. El análisis de Kant tiene dos aspectos positivos. Por un lado, percibe la imposibilidad de reducir ontológicamente el «yo» a una sustancia; por otro, se aferra al «yo» como «yo pienso». Sin embargo, vuelve a considerar este «yo» como sujeto, y lo hace en un sentido ontológicamente inapropiado. Pues el concepto ontológico de sujeto no caracteriza la autoconciencia del «yo» en cuanto Sí mismo, sino la autoconsistencia y la constancia de algo siempre presente. Definir ontológicamente el «yo» como «sujeto» implica considerarlo como algo siempre presente. El ser del «yo» se entiende como la realidad de la res cogitans. —de Ser y tiempo. Traducido por John Macquarrie y Edward Robinson, págs. 366-367

Martin Heidegger
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