Max Scheler

En Leibniz ya encontramos la sorprendente observación de que *cogitatur ergo est* es tan evidente como *cogito ergo sum*. Naturalmente, *est* aquí no significa existencia o realidad, sino ser de cualquier tipo y forma, incluyendo incluso el ser ideal, el ser ficticio, el ser consciente [*Bewusst-Sein*], etc. Sin embargo, debemos ir incluso más allá de esta tesis de Leibniz. El correlato del acto de *cogitatio* no es, como dijo Leibniz, el ser simplemente, sino solo ese tipo de ser que llamamos «ser objetivable». El ser objetivable debe distinguirse claramente del ser no objetivable de un acto, es decir, de un tipo de entidad que posee su modo de ser solo en la ejecución [*Vollzug*], es decir, en la ejecución del acto. El «ser», en el sentido más amplio de la palabra, pertenece en efecto al ser-de-un-acto [*Akt-Sein*], al *cogitare*, que a su vez no requiere otro *cogitare*. De manera similar, solo somos vagamente «conscientes» de nuestras pulsiones [*Triebleben*] sin tenerlas como objetos, como sí ocurre con aquellos elementos de la conciencia que se prestan a la imaginación. Por esta razón, el primer orden de evidencia se expresa en el principio «Hay algo», o mejor dicho, «No hay nada». Aquí entendemos por «nada» el estado negativo de cosas del no-ser en general, más que el «no ser algo» o el «no ser actual». Un segundo principio de evidencia es que todo lo que «es», en cualquier sentido de los posibles tipos de ser, puede analizarse en términos de su carácter o esencia (sin separar aún sus características contingentes de su esencia genuina) y su existencia en algún modo. Con estos dos principios, estamos en condiciones de definir con precisión el concepto de conocimiento, un concepto que precede incluso al de conciencia. El conocimiento es una relación ontológica última, única e indestructible entre dos seres. Con esto quiero decir que cualquier ser A «conoce» a cualquier ser B siempre que A participe de la esencia o naturaleza de B, sin que B sufra alteración alguna en su naturaleza o esencia debido a la participación de A. Dicha participación es posible tanto en el caso del ser objetivable como en el del ser activo, por ejemplo, cuando repetimos la realización de un acto; o en los sentimientos, cuando revivimos las emociones, etc. El concepto de participación es, por lo tanto, más amplio que el de conocimiento objetivo, es decir, el conocimiento del ser objetivable. La participación en cuestión aquí nunca puede disolverse en una relación causal, ni de semejanza o similitud, ni de signo o significación; es una relación última y esencial de un tipo peculiar. Decimos además de B que, cuando A participa en B y B pertenece al orden del ser objetivable, B se convierte en un «ser objetivo». Confundir el ser de un objeto [*Sein des Gegenstandes*] con el hecho de que una entidad sea un objeto [*Gegenstandssein eines Seienden*] es uno de los errores fundamentales del idealismo. Por el contrario, el ser de B, en el sentido de un modo de realidad, nunca entra en la relación de conocimiento. El ser de B nunca puede relacionarse con el portador real del conocimiento sino en una relación causal. El *ens reale* permanece, por lo tanto, fuera de toda posible relación de conocimiento, no solo la humana, sino también la divina, si es que existe. Tanto el concepto de «acto intencional» como el de «sujeto» de este acto, un «yo» que realiza actos, son lógicamente posteriores. El acto intencional debe definirse como el proceso de devenir [*Werdesein*] en A mediante el cual A participa de la naturaleza o esencia de B, o aquello mediante lo cual se produce esta participación. En este sentido, los escolásticos acertaron al comenzar con la distinción entre un *ens intentionale* y un *ens reale*, y luego, basándose en esta distinción, al distinguir entre un acto intencional y una relación real entre el sujeto que conoce y el ser de la cosa conocida. —de _Idealismo y realismo_
– Max Scheler –


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En Leibniz ya encontramos la sorprendente observación de que *cogitatur ergo est* es tan evidente como *cogito ergo sum*. Naturalmente, *est* aquí no significa existencia o realidad, sino ser de cualquier tipo y forma, incluyendo incluso el ser ideal, el ser ficticio, el ser consciente [*Bewusst-Sein*], etc. Sin embargo, debemos ir incluso más allá de esta tesis de Leibniz. El correlato del acto de *cogitatio* no es, como dijo Leibniz, el ser simplemente, sino solo ese tipo de ser que llamamos «ser objetivable». El ser objetivable debe distinguirse claramente del ser no objetivable de un acto, es decir, de un tipo de entidad que posee su modo de ser solo en la ejecución [*Vollzug*], es decir, en la ejecución del acto. El «ser», en el sentido más amplio de la palabra, pertenece en efecto al ser-de-un-acto [*Akt-Sein*], al *cogitare*, que a su vez no requiere otro *cogitare*. De manera similar, solo somos vagamente «conscientes» de nuestras pulsiones [*Triebleben*] sin tenerlas como objetos, como sí ocurre con aquellos elementos de la conciencia que se prestan a la imaginación. Por esta razón, el primer orden de evidencia se expresa en el principio «Hay algo», o mejor dicho, «No hay nada». Aquí entendemos por «nada» el estado negativo de cosas del no-ser en general, más que el «no ser algo» o el «no ser actual». Un segundo principio de evidencia es que todo lo que «es», en cualquier sentido de los posibles tipos de ser, puede analizarse en términos de su carácter o esencia (sin separar aún sus características contingentes de su esencia genuina) y su existencia en algún modo. Con estos dos principios, estamos en condiciones de definir con precisión el concepto de conocimiento, un concepto que precede incluso al de conciencia. El conocimiento es una relación ontológica última, única e indestructible entre dos seres. Con esto quiero decir que cualquier ser A «conoce» a cualquier ser B siempre que A participe de la esencia o naturaleza de B, sin que B sufra alteración alguna en su naturaleza o esencia debido a la participación de A. Dicha participación es posible tanto en el caso del ser objetivable como en el del ser activo, por ejemplo, cuando repetimos la realización de un acto; o en los sentimientos, cuando revivimos las emociones, etc. El concepto de participación es, por lo tanto, más amplio que el de conocimiento objetivo, es decir, el conocimiento del ser objetivable. La participación en cuestión aquí nunca puede disolverse en una relación causal, ni de semejanza o similitud, ni de signo o significación; es una relación última y esencial de un tipo peculiar. Decimos además de B que, cuando A participa en B y B pertenece al orden del ser objetivable, B se convierte en un «ser objetivo». Confundir el ser de un objeto [*Sein des Gegenstandes*] con el hecho de que una entidad sea un objeto [*Gegenstandssein eines Seienden*] es uno de los errores fundamentales del idealismo. Por el contrario, el ser de B, en el sentido de un modo de realidad, nunca entra en la relación de conocimiento. El ser de B nunca puede relacionarse con el portador real del conocimiento sino en una relación causal. El *ens reale* permanece, por lo tanto, fuera de toda posible relación de conocimiento, no solo la humana, sino también la divina, si es que existe. Tanto el concepto de «acto intencional» como el de «sujeto» de este acto, un «yo» que realiza actos, son lógicamente posteriores. El acto intencional debe definirse como el proceso de devenir [*Werdesein*] en A mediante el cual A participa de la naturaleza o esencia de B, o aquello mediante lo cual se produce esta participación. En este sentido, los escolásticos acertaron al comenzar con la distinción entre un *ens intentionale* y un *ens reale*, y luego, basándose en esta distinción, al distinguir entre un acto intencional y una relación real entre el sujeto que conoce y el ser de la cosa conocida. —de _Idealismo y realismo_

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Max Scheler


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