
La propiedad intelectual, más que nunca, es una línea que delimita la información, la cual afirma que, a pesar de haber sido difundida libremente por el mundo —e inevitablemente creada a partir de la relación de un individuo con el mundo—, dicha información conserva algún vínculo con su autor que le permite cierto control sobre cómo se reproduce y utiliza. En otras palabras, la afirmación que subyace a la noción de propiedad intelectual es similar o idéntica a la que sustenta la noción de privacidad. Me parece que ambas son inseparables, porque son fundamentalmente aspectos de la misma cuestión: la necesidad que tenemos de poder hacer por convención algo que es imposible por la fuerza: la necesidad de proteger cierta información. Creo que la noción más importante, aún sin examinar —tanto para los responsables políticos como para los activistas— en estos debates es que son una sola: no se puede persuadir a la gente, por un lado, de que abandone la propiedad intelectual (una decisión que, por cierto, supondría una conmoción aún mayor en el funcionamiento del mundo que la que hemos visto desde 1990) y, por otro, esperar que mantengan su interés en la privacidad. No se puede pisotear la privacidad y esperar mantener el respeto por la propiedad intelectual.
El Gigante Ciego

Nick Harkaway
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