
El verdadero misterio —la razón misma de leer (y sin duda escribir) cualquier libro— era para ellos algo que desmantelar, destilar y reducir a escombros que pudieran convertir en explicaciones lamentables pero más permanentes; monumentos a sí mismos, en otras palabras. En mi opinión, todos los profesores deberían dejar de enseñar a los treinta y dos años y no se les debería permitir volver a hacerlo hasta los sesenta y cinco, para que puedan vivir sus vidas, no desperdiciarlas enseñando; vivir vidas llenas de ambigüedad, transitoriedad, arrepentimiento y asombro, sin que se les pida que den explicaciones en público hasta muy cerca del final, cuando ya no puedan hacer nada más. Explicar es donde todos nos metemos en problemas.

Richard Ford
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