
El campus, una academia de árboles, bajo la cual alguna mano, supongo que la del viento, había esparcido la pálida luz de miles de bellezas primaverales, pétalos teñidos de venas rosadas; secretas, floreciendo para sí mismas. Nos sentamos entre ellas. Tus largos dedos, cuerpo delgado y huesos largos de genio improbable; algún gen disperso como el que debió tener Kafka. Tu voz profunda, este polvo pasajero de milagros. Ese simple que era yo, medio consciente, como si cada momento fuera una página donde aparecían palabras; el martillo doblado del tipo golpeando contra la cinta en movimiento. El aire ligero, las hojas inquietas; la ondulación del tiempo distorsionada por nuestro anhelo. Allí, como si fuéramos pintados por algún impresionista desconocido.
En la próxima galaxia

Ruth Stone
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