
Daisuke estaba convencido de que toda moralidad tenía su origen en las realidades sociales. Creía que no podía haber mayor confusión entre causa y efecto que intentar adaptar la realidad social a una noción de moralidad rígidamente predeterminada. Por consiguiente, consideraba que la educación ética impartida mediante clases magistrales en las escuelas japonesas carecía por completo de sentido. En estas escuelas, los alumnos eran instruidos en la moral tradicional o atiborrados con una moralidad adaptada al europeo medio. Para un pueblo desafortunado, asediado por los feroces apetitos de la vida, esto no era más que palabrería vacía. Cuando quienes habían recibido esta educación veían la sociedad ante sus ojos, recordaban aquellas clases y estallaban en carcajadas. O bien, se sentían engañados. En el caso de Daisuke, no se trataba solo de la escuela; había recibido la educación más rigurosa y menos funcional de su padre. Gracias a ello, en un momento dado experimentó una profunda angustia derivada de las contradicciones. Daisuke incluso se sentía amargado por ello.
Y luego

Sōseki Natsume
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