
El payaso es una criatura del caos. Su apariencia es una afrenta a nuestro sentido de la dignidad, sus acciones una burla a nuestro sentido del orden. El payaso (la libertad) siempre está siendo perseguido por el policía (la autoridad). Los payasos son graciosos precisamente porque sus tímidas esperanzas conducen invariablemente a breves estallidos de desorden (¿estimulante?) seguidos de una aplastante represalia del statu quo. Nos deleita ver a un payaso despreocupado romper tabúes; nos emociona indirectamente verlo correr salvaje y libre; nos tranquiliza verlo ser reprendido y el orden restaurado. Después de todo, solo podemos tolerar la libertad hasta cierto punto. Consideremos a Jesús como un payaso andrajoso e inconformista —ridículo, perseguido y despreciado— representando el ridículo espectáculo de su crucifixión contra las pretensiones responsables de la autoridad.
Otra atracción de carretera

Tom Robbins
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