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Aristóteles

Pero de todo lo que he mencionado, lo que más contribuye a la permanencia de las constituciones es la adaptación de la educación a la forma de gobierno; sin embargo, en nuestros días este principio se descuida universalmente. Las mejores leyes, aunque sancionadas por todos los ciudadanos del Estado, no servirán de nada a menos que los jóvenes sean educados, mediante el hábito y la educación, en el espíritu de la constitución, si las leyes son democráticas, o democráticamente, si las leyes son oligárquicas. Pues puede haber falta de autodisciplina tanto en los Estados como en los individuos. Ahora bien, haber sido educado en el espíritu de la constitución no significa realizar las acciones que complacen a los oligarcas o a los demócratas, sino aquellas que hacen posible la existencia de una oligarquía o de una democracia. Mientras que entre nosotros los hijos de la clase dominante en una oligarquía viven en el lujo, los hijos de los pobres se curten con el ejercicio y el trabajo, y por lo tanto están más inclinados y capacitados para hacer una revolución. En las democracias más extremas ha surgido una falsa idea de libertad que contradice los verdaderos intereses del Estado. Dos principios caracterizan a la democracia: el gobierno de la mayoría y la libertad. Se cree que la justicia es la igualdad; que la igualdad es la supremacía de la voluntad popular; y que la libertad significa hacer lo que a uno le plazca. En tales democracias, cada uno vive a su antojo, o, en palabras de Eurípides, «según su capricho». Pero esto es un error; vivir conforme a la constitución no debería considerarse esclavitud, pues es su salvación.
– Aristóteles –