Etiqueta: historiadores

Daniel Tammet

Tolstói denunció la lamentable tendencia de muchos historiadores a simplificar. Los expertos se topan con un campo de batalla, un parlamento o una plaza pública y preguntan: «¿Dónde está? ¿Dónde está?» «¿Quién es quién?» «¡El héroe, por supuesto! ¡El líder, el creador, el gran hombre!» Y una vez que lo encuentran, ignoran rápidamente a todos sus compañeros, tropas y consejeros. Cierran los ojos y abstraen a su Napoleón del barro, el humo y las masas de ambos bandos, y se maravillan de cómo semejante figura pudo haber prevalecido en tantas batallas y haber gobernado el destino de todo un continente. «Había una visión especial en este hombre», escribió Thomas Carlyle sobre Napoleón en 1840, «un alma que se atrevía a actuar. Ascendió naturalmente al trono. Todos lo vieron». Pero Tolstói lo veía de otra manera. «Los reyes son esclavos de la historia», declaró. «La vida inconsciente y colectiva de la humanidad utiliza cada momento de la vida de un rey como instrumento para sus propios fines». A Tolstói no le interesaban los reyes, los comandantes ni los presidentes. Su historia miraba hacia otro lado: era el estudio del cambio imperceptible e infinitamente gradual de un estado (la paz) a otro (la guerra). Los expertos afirmaban que las decisiones de hombres excepcionales podían explicar todos los grandes acontecimientos de la historia. Para el novelista, esta creencia era prueba de su incapacidad para comprender la realidad del cambio gradual provocado por las acciones, por pequeñas que sean, de la multitud.
– Daniel Tammet –

Alex Morritt

Si el sorprendente resultado del reciente referéndum británico sobre la permanencia o la salida de la Unión Europea nos enseña algo, es que las supuestas demostraciones de democracia en acción pueden, en realidad, causar más daño que beneficio. Observamos una nación más dividida que nunca; una escisión intergeneracional en ciernes; un partido gobernante y otro de oposición destrozados desde dentro; y problemas infinitamente más complejos que soluciones satisfactorias. Cabe preguntarse: «¿Realmente valió la pena?».
– Alex Morritt –

Alan Sokal

Así pues, por ciencia entiendo, ante todo, una cosmovisión que otorga primacía a la razón y la observación, y una metodología orientada a adquirir un conocimiento preciso del mundo natural y social. Esta metodología se caracteriza, sobre todo, por el espíritu crítico: es decir, el compromiso con la comprobación constante de las afirmaciones mediante observaciones y/o experimentos —cuanto más rigurosas sean las pruebas, mejor— y con la revisión o el descarte de aquellas teorías que no las superen. Un corolario del espíritu crítico es el falibilismo: es decir, la comprensión de que todo nuestro conocimiento empírico es provisional, incompleto y susceptible de revisión a la luz de nuevas evidencias o argumentos convincentes (aunque, por supuesto, es improbable que los aspectos más consolidados del conocimiento científico se descarten por completo). Subrayo que mi uso del término «ciencia» no se limita a las ciencias naturales, sino que incluye investigaciones orientadas a adquirir un conocimiento preciso de hechos relacionados con cualquier aspecto del mundo mediante métodos empíricos racionales análogos a los empleados en las ciencias naturales. (Tenga en cuenta que me limito a cuestiones de hecho. Intencionadamente excluyo de mi ámbito cuestiones de ética, estética, propósito último, etc.) Así pues, la «ciencia» (tal como yo la entiendo) es practicada habitualmente no solo por físicos, químicos y biólogos, sino también por historiadores, detectives, fontaneros y, en definitiva, por todos los seres humanos en (algunos aspectos de) nuestra vida cotidiana. (Por supuesto, el hecho de que todos practiquemos la ciencia de vez en cuando no significa que todos la practiquemos con la misma eficacia, ni que la practiquemos con la misma eficacia en todos los ámbitos de nuestra vida.)
– Alan Sokal –