Etiqueta: Zen y las aves del apetito

Thomas Merton

Es este tipo de conciencia, exacerbada al extremo, la que ha hecho inevitable la llamada «muerte de Dios». El pensamiento cartesiano comenzó con un intento de alcanzar a Dios como objeto partiendo del yo pensante. Pero cuando Dios se convierte en objeto, tarde o temprano «muere», porque Dios como objeto es, en última instancia, impensable. Dios como objeto no es solo un mero concepto abstracto, sino uno que contiene tantas contradicciones internas que se vuelve completamente innegociable, salvo cuando se endurece hasta convertirse en un ídolo que se mantiene en existencia por un mero acto de voluntad. Durante mucho tiempo, el hombre siguió siendo capaz de esta voluntad; pero ahora el esfuerzo se ha vuelto agotador y muchos cristianos se han dado cuenta de su futilidad. Al relajar el esfuerzo, han abandonado el «Dios-objeto» que sus padres y abuelos aún esperaban manipular para sus propios fines. Su cansancio explica el resentimiento que convirtió esto en un «asesinato» consciente de la divinidad. Liberada de la tensión de mantener voluntariamente la existencia de un objeto-Dios, la conciencia cartesiana sigue, no obstante, aprisionada en sí misma. De ahí la necesidad de trascender y encontrarse con «el otro» en el «encuentro», la «apertura», la «fraternidad» y la «comunión».
– Thomas Merton –

Thomas Merton

La historia de la Caída nos dice, en lenguaje mítico, que el «pecado original» no es simplemente un estigma que arbitrariamente hace que los placeres parezcan culpables, sino una inautenticidad fundamental, una especie de predisposición a la mala fe en nuestra comprensión de nosotros mismos y del mundo. Implica una obstinación decidida por intentar que las cosas sean distintas de lo que son, para poder someterlas, en cualquier momento, a nuestro deseo individual de placer o de poder. Pero como las cosas no obedecen a nuestros impulsos arbitrarios, y como no podemos hacer que el mundo se corresponda con la imagen que dictan nuestras necesidades e ilusiones, nuestra obstinación es inseparable del error y del sufrimiento. Por lo tanto, el budismo afirma que la vida engañada se encuentra en un estado de Dukkha, y todo movimiento de deseo tiende a producir, en última instancia, dolor en lugar de alegría duradera, odio en lugar de amor, destrucción en lugar de creación. (Cabe señalar, de paso, que cuando la habilidad tecnológica parece otorgar al hombre un poder casi absoluto para manipular el mundo, este hecho no revierte en absoluto su condición original de fragilidad y error, sino que la hace aún más evidente. Quienes vivimos en la era de la bomba de hidrógeno y los campos de exterminio tenemos motivos para reflexionar sobre esto, aunque dicha reflexión resulte algo impopular).
– Thomas Merton –