
El peligro que enfrentamos no proviene de la religión. Proviene de una creciente bancarrota intelectual, uno de los síntomas de una cultura moribunda. En la antigua Roma, a medida que la república se desintegraba y los césares eran deificados, y el Senado romano se convertía en poco más que una caja de resonancia del emperador, la atención de la población se desvió hacia una serie de guerras fronterizas y espectáculos violentos y elaborados en la arena. La emoción del entretenimiento consumió la vida emocional e intelectual de la antigua Roma. Envenenó el discurso cívico y político. Los críticos sociales ya no tenían dónde expresarse. Se les respondía con burla y furia. Pensar no era prerrogativa del ciudadano.
No creo en los ateos.

Chris Hedges
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