
Cuando la vergüenza se recibe con compasión y no como confirmación de nuestra culpa, podemos empezar a ver cuán distorsionada ha sido nuestra perspectiva. Esa conciencia nos permite distanciarnos lo suficiente para ver que, si podemos dejarla ir, nos veremos limpios donde antes nos creíamos sucios. Recordaremos nuestra inocencia. Veremos cómo nuestra vergüenza sostenía un sistema en el que los perpetradores estaban protegidos y nosotros pagábamos las consecuencias de su ofensa, primero en sí misma, y luego al cargar con su vergüenza. Si el método que elegimos para intentar vencer la vergüenza fue el perfeccionismo, ahora podemos relajarnos, sacudirnos la carga de encima y darnos la oportunidad de soltarnos y cometer algunos errores. ¡Aleluya! Nuestra libertad no vendrá del esfuerzo incansable ni de hacerlo todo a la perfección.
Más allá de la supervivencia: Un viaje de escritura para sanar el abuso sexual infantil

Maureen Brady
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