
El veinte por ciento de los estadounidenses se describen a sí mismos como «espirituales pero no religiosos». Aunque esta afirmación parece molestar tanto a creyentes como a ateos, separar la espiritualidad de la religión es perfectamente razonable. Se trata de afirmar dos verdades importantes simultáneamente: nuestro mundo está peligrosamente dividido por doctrinas religiosas que toda persona instruida debería condenar, y, sin embargo, comprender la condición humana va más allá de lo que la ciencia y la cultura secular suelen admitir. Uno de los propósitos de este libro es brindar apoyo intelectual y empírico a ambas convicciones. Antes de continuar, debo abordar la animosidad que muchos lectores sienten hacia el término «espiritual». Cada vez que uso la palabra, como al referirme a la meditación como una «práctica espiritual», recibo comentarios de escépticos y ateos que creen que he cometido un grave error. La palabra «espíritu» proviene del latín spiritus, que es una traducción del griego pneuma, que significa «aliento». Alrededor del siglo XIII, el término se entrelazó con creencias sobre almas inmateriales, seres sobrenaturales, fantasmas, etc. También adquirió otros significados: hablamos del espíritu de una cosa como su principio más esencial o de ciertas sustancias volátiles y licores como espíritus. Sin embargo, muchos no creyentes ahora consideran que todo lo “espiritual” está contaminado por la superstición medieval. No comparto sus preocupaciones semánticas.[1] Sí, recorrer los pasillos de cualquier librería “espiritual” es confrontar el anhelo y la credulidad de nuestra especie por metros, pero no hay otro término —aparte del aún más problemático místico o el más restrictivo contemplativo— con el que hablar de los esfuerzos que la gente hace, a través de la meditación, los psicodélicos u otros medios, para traer plenamente sus mentes al presente o para inducir estados no ordinarios de conciencia. Y ninguna otra palabra vincula este espectro de experiencia con nuestra vida ética.
Despertar: Una guía para la espiritualidad sin religión.

Sam Harris
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