
Muchos criminólogos creen que el origen del efecto pacificador del Estado no reside únicamente en su brutal poder coercitivo, sino también en la confianza que inspira entre la población. Al fin y al cabo, ningún Estado puede colocar un informante en cada bar y granja para vigilar las infracciones de la ley, y aquellos que lo intentan son dictaduras totalitarias que gobiernan mediante el miedo, no sociedades civilizadas donde las personas conviven gracias al autocontrol y la empatía. Un Leviatán solo puede civilizar una sociedad cuando los ciudadanos sienten que sus leyes, su aplicación y demás estructuras sociales son legítimas, de modo que no recaen en sus peores impulsos en cuanto el Leviatán les da la espalda.
Los mejores ángeles de nuestra naturaleza: por qué ha disminuido la violencia

Steven Pinker
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