Etiqueta: ontología

Immanuel Kant

El propósito de esta crítica de la razón especulativa pura consiste en el intento de cambiar el antiguo procedimiento de la metafísica y de provocar una revolución completa siguiendo el ejemplo de los geómetras e investigadores de la naturaleza. Esta crítica es un tratado sobre el método, no un sistema de la ciencia en sí misma; pero, sin embargo, traza todo el plan de esta ciencia, tanto en lo que respecta a sus límites como a su organización interna. Pues es peculiar de la razón especulativa pura que sea capaz, e incluso obligada, a medir sus propias capacidades según las diferentes maneras en que elige sus objetos de pensamiento, y a enumerar exhaustivamente las diferentes maneras de elegir sus problemas, trazando así un esquema completo de un sistema metafísico. Esto se debe a que, con respecto al primer punto, nada puede atribuirse a los objetos en el conocimiento *a priori*, excepto lo que el sujeto pensante toma de sí mismo; En cuanto al segundo punto, la razón pura, en lo que respecta a sus principios de conocimiento, forma una unidad separada e independiente, en la que, como en un organismo organizado, cada miembro existe en función de todos los demás, y todos los demás existen en función del primero, de modo que ningún principio puede aplicarse con seguridad en una sola relación a menos que haya sido examinado cuidadosamente en todas sus relaciones con el uso general de la razón pura. De ahí también que la metafísica tenga esta singular ventaja, una ventaja que no puede compartir ninguna otra ciencia racional que se ocupe de objetos (pues la lógica se ocupa únicamente de la forma del pensamiento en general), que si mediante esta crítica se la ha encaminado por el rumbo seguro de una ciencia, puede abarcar exhaustivamente todo el campo del conocimiento que le concierne, y así puede concluir su obra y legarla a la posteridad como un capital al que nunca se podrá añadir nada, porque solo tiene que ocuparse de principios y de las limitaciones de su uso, determinadas por estos mismos principios. Y esta exhaustividad se convierte, en efecto, en una obligación si la metafísica ha de ser una ciencia fundamental, de la que debemos poder decir: *nil actum reputants, si quid superesset agendum* [pensar que nada se hizo mientras quedaba algo por hacer]. —de _Crítica de la razón pura_. Prefacio a la segunda edición. Traducido, editado y con introducción de Marcus Weigelt, basado en la traducción de Max Müller, pp. 21-22
– Immanuel Kant –

Max Scheler

Lo que se obtiene al trascender el objeto es la identificabilidad del objeto en una pluralidad de actos y la identificabilidad de lo que piensan varios individuos. Esta identificabilidad no se limita a los objetos ideales, que se generan según una ley operacional definida y, por lo tanto, son reproducibles por todos a partir del mismo material de intuición que se da antes de cualquier experiencia sensorial particular. La identificabilidad se da exactamente de la misma manera para los objetos de mito y folclore, de creencia y fantasía artística. El Fausto, Apolo y Caperucita Roja de Goethe pueden ser identificados por varios individuos y son objeto de enunciados comunes y universalmente válidos. De hecho, la identidad exacta de la naturaleza del objeto en cuestión y el conocimiento evidencial de esta identidad solo pueden darse en el caso de objetos ideales. Nuestra certeza de que todos pensamos el mismo número 3 en la identidad más estricta de su naturaleza es mucho más evidente que la de que todos pensamos el mismo objeto real, un árbol, por ejemplo. En el caso de los objetos reales, podemos demostrar que es imposible que el contenido momentáneo en el que el objeto se representa y se piensa sea exactamente el mismo en múltiples actos y para muchos individuos. La única otra contribución de la conciencia de la trascendencia, tan largamente ignorada en la filosofía reciente, al problema de la realidad es la siguiente: los actos en los que esta conciencia está presente pueden transformar la realidad dada, de la que hablaremos más adelante, en una forma «objetiva», y, por lo tanto, elevar aquello que se da de esta manera como real al estatus de un «objeto» real. Pero con esto, la contribución de la conciencia de la trascendencia al problema de la realidad llega a su fin. Aunque N. Hartmann señaló lo mismo con respecto a los comentarios, por lo demás perspicaces y pertinentes, de Paul Linke sobre su doctrina de la realidad, debemos enfatizar que la trascendencia del objeto no excluye la realidad del objeto, ni siquiera del mismo objeto en el sentido estricto de «mismo». —de _Idealismo y Realismo_
– Max Scheler –

Arthur Schopenhauer

También encontramos la física, en el sentido más amplio de la palabra, que se ocupa de la explicación de los fenómenos del mundo; pero reside en la naturaleza misma de las explicaciones que estas no pueden ser suficientes. La física es incapaz de sostenerse por sí misma, sino que necesita una metafísica sobre la que apoyarse, por más elevadas que sean las pretensiones que pueda tener respecto a esta última. Pues explica los fenómenos mediante algo aún más desconocido que ellos mismos, a saber, mediante leyes de la naturaleza que se basan en fuerzas de la naturaleza, una de las cuales es también la fuerza vital. Ciertamente, el estado actual de todas las cosas en el mundo o en la naturaleza debe necesariamente ser susceptible de explicación a partir de causas puramente físicas. Pero tal explicación —suponiendo que se lograra darla— debe estar necesariamente lastrada por dos imperfecciones esenciales (como dos puntos débiles, o como Aquiles con su talón vulnerable, o el diablo con su pie hendido). Debido a estas imperfecciones, todo lo así explicado seguiría, en realidad, sin explicación. La primera imperfección reside en que el *inicio* de la cadena de causas y efectos que lo explica todo, es decir, de los cambios continuos e interconectados, *nunca* se alcanza, sino que, al igual que los límites del mundo en el espacio y el tiempo, se aleja incesantemente y *hasta el infinito*. La segunda imperfección radica en que todas las causas eficientes que explican todo se basan siempre en algo totalmente inexplicable, es decir, en las *cualidades* originales de las cosas y las *fuerzas naturales* que se manifiestan en ellas. En virtud de dichas fuerzas, producen un efecto definido, por ejemplo, peso, dureza, impacto, elasticidad, calor, electricidad, fuerzas químicas, etc., y tales fuerzas permanecen en toda explicación dada como una incógnita, imposible de eliminar en una ecuación algebraica que, por lo demás, está perfectamente resuelta. En consecuencia, no existe ni un solo fragmento de arcilla, por insignificante que sea su valor, que no esté compuesto enteramente de cualidades inexplicables. Por lo tanto, estos dos defectos inevitables en toda explicación puramente física, es decir, causal, indican que dicha explicación solo puede ser *relativamente* verdadera, y que su método y naturaleza no pueden ser los únicos, los últimos y, por ende, los suficientes; en otras palabras, no pueden ser el método que jamás conduzca a la solución satisfactoria de los difíciles enigmas de las cosas, ni a la verdadera comprensión del mundo y de la existencia. La explicación *física*, en general y como tal, requiere una explicación *metafísica*, que proporcionaría la clave de todos sus supuestos, pero que, precisamente por ello, tendría que seguir un camino completamente diferente. El primer paso para ello es que tomemos conciencia de la distinción entre ambas y la mantengamos firmemente, es decir, la diferencia entre *física* y *metafísica*. En general, esta diferencia se basa en la distinción kantiana entre *fenómeno* y *cosa en sí*. El hecho de que Kant declarara que la cosa en sí era absolutamente incognoscible no significaba, según él, que existiera metafísica alguna, sino simplemente conocimiento inmanente, es decir, mera física, que solo puede hablar de fenómenos, y, junto con esto, una crítica de la razón que aspira a la metafísica. —De El mundo como voluntad y representación. Traducido del alemán por EFJ Payne. En dos volúmenes, volumen II, págs. 172-173.
– Arthur Schopenhauer –

Immanuel Kant

La metafísica, una rama del conocimiento racional completamente aislada y especulativa, que se eleva por encima de toda enseñanza de la experiencia y se basa únicamente en conceptos (no, como las matemáticas, en su aplicación a la intuición), en la que la razón, por lo tanto, se supone que es su propia discípula, no ha tenido hasta ahora la fortuna de asentarse en el camino seguro de una ciencia, aunque es más antigua que todas las demás y sobreviviría incluso si todas las demás fueran engullidas por el abismo de una barbarie destructora. La razón en la metafísica, aun cuando intenta, como profesa, obtener únicamente una comprensión *a priori* de aquellas leyes que son confirmadas por nuestra experiencia más común, se ve constantemente obstaculizada, y nos vemos obligados una y otra vez a retroceder, ya que no nos conducen a donde queremos ir. En cuanto a la unanimidad entre sus participantes, la metafísica es tan escasa que se ha convertido más bien en un terreno propicio para quienes desean ejercitarse en simulacros de lucha, donde ningún combatiente ha logrado aún obtener ni un ápice de terreno que pueda considerar de su propiedad. No cabe duda, por tanto, de que el método metafísico ha consistido hasta ahora en una mera búsqueda a tientas, y, lo que es peor, en tantear entre meros conceptos. ¿Cuál es, entonces, la razón por la que aún no se ha encontrado este camino científico seguro? ¿Es esto, acaso, imposible? En ese caso, ¿por qué la naturaleza habría dotado a nuestra razón de la incansable aspiración de buscarlo, convirtiéndolo en una de sus principales preocupaciones? Es más, ¡cuánto menos justificado estaríamos al confiar en nuestra razón, con respecto a uno de los objetos más importantes de los que deseamos conocimiento, pues no solo nos abandona, sino que nos engaña con ilusiones, y al final nos traiciona! O, si hasta ahora solo hemos fracasado en dar con el camino correcto, ¿qué indicios hay para que esperemos que, si renovamos nuestra búsqueda, tengamos más éxito que quienes nos precedieron? —de _Crítica de la razón pura_. Prefacio a la segunda edición. Traducido, editado y con introducción de Marcus Weigelt, basado en la traducción de Max Müller, pág. 17.
– Immanuel Kant –

Immanuel Kant

Un experimento similar puede intentarse en metafísica con respecto a la *intuición* de los objetos. Si la intuición tuviera que ajustarse a la constitución de los objetos, no entendería cómo podríamos conocer algo de ellos *a priori*; pero si el objeto (como objeto de los sentidos) se ajustara a la constitución de nuestra facultad de intuición, bien podría concebir tal posibilidad. Sin embargo, como no puedo descansar en estas intuiciones si han de convertirse en conocimiento, sino que tengo que referirme a ellas como representaciones, a algo como su objeto, y debo determinar este objeto a través de ellas, puedo suponer o bien que los *conceptos* a través de los cuales llego a esta determinación también se ajustan al objeto, y volvería a estar tan perplejo sobre cómo puedo conocer algo de él *a priori*; o bien que los objetos, o lo que es lo mismo, la *experiencia* en la que solo se conocen (como objetos que nos son dados), se ajustan a esos conceptos. En este último caso, reconozco una solución más sencilla porque la experiencia misma es un tipo de conocimiento que requiere comprensión; Y este entendimiento tiene sus reglas, que debo presuponer como existentes en mí incluso antes de que los objetos me sean dados, y por lo tanto, *a priori*. Estas reglas se expresan en conceptos *a priori* a los que todos los objetos de la experiencia deben necesariamente ajustarse, y con los que deben concordar. Con respecto a los objetos, en la medida en que se piensan únicamente a través de la razón y se piensan, de hecho, como necesarios, y que nunca pueden, al menos no de la manera en que la razón los piensa, darse en la experiencia, los intentos de pensarlos (porque deben admitir ser pensados) constituirán posteriormente una excelente piedra de toque de lo que estamos adoptando como nuestro nuevo método de pensamiento, a saber, que conocemos de las cosas *a priori* solo aquello que nosotros mismos les atribuimos. —de _Crítica de la razón pura_. Prefacio a la segunda edición. Traducido, editado y con una introducción de Marcus Weigelt, basado en la traducción de Max Müller, pp. 18-19.
– Immanuel Kant –