Categoría: Martin Heidegger

Martin Heidegger

El «yo» es una conciencia desnuda, que acompaña a todos los conceptos. En el «yo», «no se representa más que un sujeto trascendental de pensamientos». «La conciencia en sí misma no es tanto una representación… como una forma de representación en general». El «yo pienso» es «la forma de apercepción, que se aferra a toda experiencia y la precede». Kant capta correctamente el contenido fenoménico del «yo» en la expresión «yo pienso», o —si además se incluye a la «persona práctica» al hablar de «inteligencia»— en la expresión «yo actúo». En el sentido kantiano, debemos entender que decir «yo» es decir «yo pienso». Kant intenta establecer el contenido fenoménico del «yo» como *res cogitans*. Si al hacerlo llama a este «yo» un «sujeto lógico», eso no significa que el «yo» en general sea un concepto obtenido simplemente por medio de la lógica. El «yo» es más bien el sujeto del comportamiento lógico, de la unión. ‘Yo pienso’ significa ‘yo ato’. Todo ato es un ‘*yo* ato’. En cualquier toma o relación, el «yo» siempre subyace: el ὑποκείμενον [hypokeimenon; subjectum; subject]. El *subjectum* es, por lo tanto, ‘conciencia en sí misma’, no una representación sino la ‘forma’ de la representación. Es decir, el «yo pienso» no es algo representado, sino la estructura formal de representar como tal, y esta estructura formal por sí sola hace posible que algo haya sido representado. Cuando hablamos de la «forma» de la representación, no tenemos en mente ni un marco ni un concepto universal, sino aquello que, como εἶδος [eidos], hace que todo lo representado y todo lo representado sea lo que es. Si el «yo» se entiende como la forma de la representación, esto equivale a decir que es el ‘sujeto lógico’. El análisis de Kant tiene dos aspectos positivos. Por un lado, percibe la imposibilidad de reducir ontológicamente el «yo» a una sustancia; por otro, se aferra al «yo» como «yo pienso». Sin embargo, vuelve a considerar este «yo» como sujeto, y lo hace en un sentido ontológicamente inapropiado. Pues el concepto ontológico de sujeto no caracteriza la autoconciencia del «yo» en cuanto Sí mismo, sino la autoconsistencia y la constancia de algo siempre presente. Definir ontológicamente el «yo» como «sujeto» implica considerarlo como algo siempre presente. El ser del «yo» se entiende como la realidad de la res cogitans. —de Ser y tiempo. Traducido por John Macquarrie y Edward Robinson, págs. 366-367
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Pero ¿cómo es posible que, si bien el «yo pienso» le da a Kant un auténtico punto de partida fenomenal, no pueda explotarlo ontológicamente y tenga que recurrir al «sujeto», es decir, a algo *sustancial*? El «yo» no es solo un «yo pienso», sino un «yo pienso algo». ¿Y acaso Kant no insiste en que el «yo» permanece relacionado con sus representaciones y no sería nada sin ellas? Para Kant, sin embargo, estas representaciones son lo «empírico», que está «acompañado» por el «yo»: las apariencias a las que el «yo» se «aferra». Kant no muestra en ningún momento el tipo de Ser de este «aferramiento» y «acompañamiento». En el fondo, sin embargo, su tipo de Ser se entiende como el Ser constante y presente del «yo» junto con sus representaciones. Kant, en efecto, ha evitado separar al «yo» del pensamiento; pero lo ha hecho sin partir del «yo pienso» en sí mismo, en su contenido esencial completo como un «yo pienso algo», y sobre todo, sin ver lo que se «presupone» ontológicamente al tomar el «yo pienso algo» como una característica básica del Ser. Pues incluso el «yo pienso algo» no es suficientemente definido ontológicamente como punto de partida, porque ese «algo» permanece indefinido. Si por este «algo» entendemos una entidad *dentro del mundo*, entonces implica tácitamente que el *mundo* ha sido presupuesto; y este mismo fenómeno del mundo codetermina el estado del Ser del «yo», si es que es posible que el «yo» sea algo como un «yo pienso algo». Al decir «yo», tengo en mente la entidad que en cada caso soy como un «yo-soy-en-un-mundo». Kant no percibió el fenómeno del mundo y fue lo suficientemente consecuente como para mantener las «representaciones» separadas del contenido *a priori* del «yo pienso». Pero, como consecuencia, el «yo» se vio nuevamente forzado a ser un sujeto *aislado*, acompañando a las representaciones de una manera ontológicamente bastante indefinida. *Al decir «yo», el Dasein se expresa como Ser-en-el-mundo*. Pero, ¿acaso decir «yo» de manera cotidiana se considera a sí mismo *como* ser-en-el-mundo [*in-der-Welt-seiend*]? Aquí debemos hacer una distinción. Al decir «yo», el Dasein sin duda se refiere a la entidad que, en cada caso, es él mismo. Sin embargo, la interpretación cotidiana del Sí mismo tiende a entenderse en términos del «mundo» con el que se relaciona. Cuando el Dasein se considera a sí mismo ónticamente, *no logra verse* en relación con el tipo de Ser de esa entidad que él mismo es. Y esto se aplica especialmente al estado básico del Dasein, el Ser-en-el-mundo. —de El Ser y el Tiempo. Traducido por John Macquarrie y Edward Robinson, págs. 367-370.
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¿Cuál es el motivo de esta forma «fugitiva» de decir «yo»? Está motivada por la caída del Dasein; pues al caer, *huye* de sí mismo hacia el «ellos». Cuando el «yo» habla de manera «natural», esto lo realiza el «ellos». Lo que se expresa en el «yo» es ese Ser que, proximalmente y en su mayor parte, no soy auténticamente. Cuando uno está absorto en la multiplicidad cotidiana y la rápida sucesión [*Sich-jagen] de aquello que le preocupa, el Ser del «yo me preocupo» olvidadizo se muestra como algo simple que es constantemente el mismo pero indefinido y vacío. Sin embargo, uno es aquello que le preocupa. En la forma óntica «natural» en que habla el «yo», el contenido fenoménico del Dasein que uno tiene en mente en el «yo» se pasa por alto; pero esto *no justifica que nos unamos a esta omisión*, ni que impongamos a la problemática del Yo un horizonte ‘categorial’ inapropiado cuando interpretamos el «yo» ontológicamente. Por supuesto, al negarnos a seguir la forma cotidiana en que habla el «yo», nuestra interpretación ontológica del «yo» no ha *resuelto* el problema; pero sí ha *prescrito la dirección* para cualquier investigación posterior. En el «yo», tenemos en mente esa entidad que uno es en el «ser-en-el-mundo». El ser-ya-en-un-mundo, sin embargo, como ser-junto-a-lo-listo-a-mano-dentro-del-mundo, significa equiprimordialmente que uno está por delante de sí mismo. Con el «yo», lo que tenemos en mente es esa entidad para la cual la *cuestión* es el Ser de la entidad que es. Con el «yo», el cuidado se expresa, aunque de forma proximal y mayormente en la manera «fugitiva» en que el «yo» habla cuando se preocupa por algo. El «ellos» sigue diciendo «yo» con mayor fuerza y frecuencia porque, en el fondo, no es auténticamente él mismo y evade su auténtica potencialidad de Ser. Si la constitución ontológica del Sí mismo no se remonta ni a una sustancia «yo» ni a un «sujeto», sino que, por el contrario, la manera fugitiva y cotidiana en que seguimos diciendo «yo» debe entenderse en términos de nuestra auténtica potencialidad de Ser, entonces la proposición de que el Sí mismo es la base del cuidado y está constantemente presente, sigue sin ser válida. La identidad del Sí mismo se discierne existencialmente solo en la auténtica potencialidad de Ser-uno-Sí mismo; es decir, en la autenticidad del Ser del Dasein como cuidado. En términos de cuidado, se aclara la *constancia del Sí mismo*, como la supuesta persistencia del *sujeto*. Pero el fenómeno de esta auténtica potencialidad-para-Ser también nos abre los ojos a la *constancia del Sí mismo*, en el doble sentido de firmeza y constancia, que es la *auténtica* contraposibilidad a la no-constancia del Sí mismo, característica de la caída irresoluta. Existencialmente, la “*constancia del Sí mismo*” no significa otra cosa que resolución anticipatoria. La estructura ontológica de dicha resolución revela la existencialidad de la autoconciencia del Sí mismo. —de *Ser y Tiempo*. Traducido por John Macquarrie y Edward Robinson, pp. 368-369
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Dasein *es auténticamente él mismo* en la individualización primordial de la resolución reticente que exige ansiedad de sí mismo. *Como algo que permanece *silencioso*, el auténtico *Ser*-uno-Ser es precisamente el tipo de cosa que no sigue diciendo ‘yo’; pero en su reticencia ‘*es*’ esa entidad arrojada como la cual puede ser auténticamente. El Ser que la reticencia de la existencia resuelta revela es la base fenoménica primordial para la pregunta sobre el Ser del ‘yo’. Solo si estamos orientados fenomenológicamente por el significado del Ser de la auténtica potencialidad-para-Ser-uno-Ser estamos en posición de discutir qué justificación ontológica hay para tratar la sustancialidad, la simplicidad y la personalidad como características de la Ser. En la forma predominante de decir «yo», se sugiere constantemente que lo que tenemos de antemano es una Cosa-Ser, persistentemente presente-a-mano; La cuestión ontológica del Ser del Sí mismo debe apartarse de cualquier sugerencia de este tipo.* El cuidado no necesita estar fundamentado en un Sí mismo. Pero la existencialidad, como constitutiva del cuidado, proporciona la constitución ontológica de la autoconstancia del Dasein, a la cual pertenece, de acuerdo con el pleno contenido estructural del cuidado, su Ser caído fácticamente en la no-autoconstancia*. Cuando se concibe plenamente, la estructura del cuidado incluye el fenómeno de la autoconstancia. Este fenómeno se aclara al interpretar el significado del cuidado; y es como cuidado que se ha definido la totalidad del Ser del Dasein.”―de _Ser y Tiempo_. Traducido por John Macquarrie y Edward Robinson, pp. 369-370
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Para aclarar la existencialidad del Sí mismo, tomamos como punto de partida «natural» la interpretación cotidiana que el Dasein hace del Sí mismo. Al decir «yo», el Dasein se expresa sobre sí mismo. No es necesario que al hacerlo el Dasein emita ningún enunciado. Con el «yo», esta entidad se tiene a sí misma en mente. El contenido de esta expresión se considera algo sumamente simple. En cada caso, simplemente me representa a mí y nada más. Además, este «yo», como algo simple, no es un atributo de otras cosas; no es en sí mismo un predicado, sino el «sujeto» absoluto. Lo que se expresa y a lo que se dirige al decir «yo» se encuentra siempre como algo persistente. Las características de «simplicidad», «sustancialidad» y «personalidad», que Kant, por ejemplo, hizo de la base de su doctrina de los paralogismos de la razón pura, surgen de una auténtica experiencia prefenomenológica. Queda por determinar si aquello que hemos experimentado ónticamente de esta manera puede interpretarse ontológicamente con la ayuda de las «categorías» mencionadas. Kant, en efecto, en estricta conformidad con el contenido fenoménico que implica decir «yo», demuestra que las tesis ónticas sobre la sustancia del alma que se han inferido [*erschlossenen*] a partir de estas características carecen de justificación. Pero al hacerlo, simplemente rechaza una explicación *óntica* errónea del «yo»; de ninguna manera ha alcanzado una interpretación *ontológica* de la identidad, ni siquiera ha obtenido alguna certeza de ella ni se ha preparado positivamente para ella. Kant realiza un intento más riguroso que sus predecesores por conservar el contenido fenoménico de decir «yo»; sin embargo, aunque en teoría ha negado que los fundamentos ónticos de la ontología de lo sustancial se apliquen al «yo», vuelve a caer en *esta misma* ontología inapropiada. Esto se mostrará con mayor precisión, para que podamos establecer qué significa ontológicamente tomar el decir «yo» como punto de partida para el análisis de la identidad. El análisis kantiano del «yo pienso» se añadirá ahora a modo de ilustración, pero solo en la medida necesaria para aclarar estos problemas. —de Ser y tiempo. Traducido por John Macquarrie y Edward Robinson, pág. 366
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