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Martin Heidegger

Así, en la cuestión del Ser de la verdad y la necesidad de presuponerla, al igual que en la cuestión de la esencia del conocimiento, se ha postulado generalmente un «sujeto ideal». El motivo de esto, ya sea explícito o tácito, reside en la exigencia de que la filosofía tenga como tema lo «a priori», en lugar de los «hechos empíricos» propiamente dichos. Existe cierta justificación para esta exigencia, aunque aún necesita fundamentarse ontológicamente. Sin embargo, ¿se satisface esta exigencia postulando un «sujeto ideal»? ¿Acaso no es tal sujeto una idealización fantasiosa? Con tal concepción, ¿no hemos pasado por alto precisamente el carácter a priori de ese sujeto meramente «fáctico», el Dasein? ¿No es un atributo del carácter *a priori* del sujeto fáctico (es decir, un atributo de la facticidad del Dasein) que sea equiprimordial en la verdad y en la falsedad? Las ideas de un «yo» puro y de una «conciencia en general» están tan lejos de incluir el carácter *a priori* de la subjetividad «actual» que los caracteres ontológicos de la facticidad del Dasein y su estado de ser se pasan por alto o no se ven en absoluto. El rechazo de una «conciencia en general» no implica la negación de lo a priori, del mismo modo que la postulación de un sujeto idealizado no garantiza que el Dasein posea un carácter a priori fundamentado en hechos. Tanto la afirmación de que existen «verdades eternas» como la mezcla de la «idealidad» del Dasein, fundamentada fenomenológicamente, con un sujeto absoluto idealizado, pertenecen a aquellos vestigios de la teología cristiana dentro de la problemática filosófica que aún no han sido radicalmente erradicados. El Ser de la verdad está conectado primordialmente con el Dasein. Y solo porque el Dasein se constituye mediante la revelación (es decir, mediante el entendimiento), puede comprenderse algo semejante al Ser; solo así es posible comprender el Ser. —de «Ser y Tiempo». Traducido por John Macquarrie y Edward Robinson, p. 272
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Pero ¿cómo es posible que, si bien el «yo pienso» le da a Kant un auténtico punto de partida fenomenal, no pueda explotarlo ontológicamente y tenga que recurrir al «sujeto», es decir, a algo *sustancial*? El «yo» no es solo un «yo pienso», sino un «yo pienso algo». ¿Y acaso Kant no insiste en que el «yo» permanece relacionado con sus representaciones y no sería nada sin ellas? Para Kant, sin embargo, estas representaciones son lo «empírico», que está «acompañado» por el «yo»: las apariencias a las que el «yo» se «aferra». Kant no muestra en ningún momento el tipo de Ser de este «aferramiento» y «acompañamiento». En el fondo, sin embargo, su tipo de Ser se entiende como el Ser constante y presente del «yo» junto con sus representaciones. Kant, en efecto, ha evitado separar al «yo» del pensamiento; pero lo ha hecho sin partir del «yo pienso» en sí mismo, en su contenido esencial completo como un «yo pienso algo», y sobre todo, sin ver lo que se «presupone» ontológicamente al tomar el «yo pienso algo» como una característica básica del Ser. Pues incluso el «yo pienso algo» no es suficientemente definido ontológicamente como punto de partida, porque ese «algo» permanece indefinido. Si por este «algo» entendemos una entidad *dentro del mundo*, entonces implica tácitamente que el *mundo* ha sido presupuesto; y este mismo fenómeno del mundo codetermina el estado del Ser del «yo», si es que es posible que el «yo» sea algo como un «yo pienso algo». Al decir «yo», tengo en mente la entidad que en cada caso soy como un «yo-soy-en-un-mundo». Kant no percibió el fenómeno del mundo y fue lo suficientemente consecuente como para mantener las «representaciones» separadas del contenido *a priori* del «yo pienso». Pero, como consecuencia, el «yo» se vio nuevamente forzado a ser un sujeto *aislado*, acompañando a las representaciones de una manera ontológicamente bastante indefinida. *Al decir «yo», el Dasein se expresa como Ser-en-el-mundo*. Pero, ¿acaso decir «yo» de manera cotidiana se considera a sí mismo *como* ser-en-el-mundo [*in-der-Welt-seiend*]? Aquí debemos hacer una distinción. Al decir «yo», el Dasein sin duda se refiere a la entidad que, en cada caso, es él mismo. Sin embargo, la interpretación cotidiana del Sí mismo tiende a entenderse en términos del «mundo» con el que se relaciona. Cuando el Dasein se considera a sí mismo ónticamente, *no logra verse* en relación con el tipo de Ser de esa entidad que él mismo es. Y esto se aplica especialmente al estado básico del Dasein, el Ser-en-el-mundo. —de El Ser y el Tiempo. Traducido por John Macquarrie y Edward Robinson, págs. 367-370.
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¿Cuál es el motivo de esta forma «fugitiva» de decir «yo»? Está motivada por la caída del Dasein; pues al caer, *huye* de sí mismo hacia el «ellos». Cuando el «yo» habla de manera «natural», esto lo realiza el «ellos». Lo que se expresa en el «yo» es ese Ser que, proximalmente y en su mayor parte, no soy auténticamente. Cuando uno está absorto en la multiplicidad cotidiana y la rápida sucesión [*Sich-jagen] de aquello que le preocupa, el Ser del «yo me preocupo» olvidadizo se muestra como algo simple que es constantemente el mismo pero indefinido y vacío. Sin embargo, uno es aquello que le preocupa. En la forma óntica «natural» en que habla el «yo», el contenido fenoménico del Dasein que uno tiene en mente en el «yo» se pasa por alto; pero esto *no justifica que nos unamos a esta omisión*, ni que impongamos a la problemática del Yo un horizonte ‘categorial’ inapropiado cuando interpretamos el «yo» ontológicamente. Por supuesto, al negarnos a seguir la forma cotidiana en que habla el «yo», nuestra interpretación ontológica del «yo» no ha *resuelto* el problema; pero sí ha *prescrito la dirección* para cualquier investigación posterior. En el «yo», tenemos en mente esa entidad que uno es en el «ser-en-el-mundo». El ser-ya-en-un-mundo, sin embargo, como ser-junto-a-lo-listo-a-mano-dentro-del-mundo, significa equiprimordialmente que uno está por delante de sí mismo. Con el «yo», lo que tenemos en mente es esa entidad para la cual la *cuestión* es el Ser de la entidad que es. Con el «yo», el cuidado se expresa, aunque de forma proximal y mayormente en la manera «fugitiva» en que el «yo» habla cuando se preocupa por algo. El «ellos» sigue diciendo «yo» con mayor fuerza y frecuencia porque, en el fondo, no es auténticamente él mismo y evade su auténtica potencialidad de Ser. Si la constitución ontológica del Sí mismo no se remonta ni a una sustancia «yo» ni a un «sujeto», sino que, por el contrario, la manera fugitiva y cotidiana en que seguimos diciendo «yo» debe entenderse en términos de nuestra auténtica potencialidad de Ser, entonces la proposición de que el Sí mismo es la base del cuidado y está constantemente presente, sigue sin ser válida. La identidad del Sí mismo se discierne existencialmente solo en la auténtica potencialidad de Ser-uno-Sí mismo; es decir, en la autenticidad del Ser del Dasein como cuidado. En términos de cuidado, se aclara la *constancia del Sí mismo*, como la supuesta persistencia del *sujeto*. Pero el fenómeno de esta auténtica potencialidad-para-Ser también nos abre los ojos a la *constancia del Sí mismo*, en el doble sentido de firmeza y constancia, que es la *auténtica* contraposibilidad a la no-constancia del Sí mismo, característica de la caída irresoluta. Existencialmente, la “*constancia del Sí mismo*” no significa otra cosa que resolución anticipatoria. La estructura ontológica de dicha resolución revela la existencialidad de la autoconciencia del Sí mismo. —de *Ser y Tiempo*. Traducido por John Macquarrie y Edward Robinson, pp. 368-369
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Dasein *es auténticamente él mismo* en la individualización primordial de la resolución reticente que exige ansiedad de sí mismo. *Como algo que permanece *silencioso*, el auténtico *Ser*-uno-Ser es precisamente el tipo de cosa que no sigue diciendo ‘yo’; pero en su reticencia ‘*es*’ esa entidad arrojada como la cual puede ser auténticamente. El Ser que la reticencia de la existencia resuelta revela es la base fenoménica primordial para la pregunta sobre el Ser del ‘yo’. Solo si estamos orientados fenomenológicamente por el significado del Ser de la auténtica potencialidad-para-Ser-uno-Ser estamos en posición de discutir qué justificación ontológica hay para tratar la sustancialidad, la simplicidad y la personalidad como características de la Ser. En la forma predominante de decir «yo», se sugiere constantemente que lo que tenemos de antemano es una Cosa-Ser, persistentemente presente-a-mano; La cuestión ontológica del Ser del Sí mismo debe apartarse de cualquier sugerencia de este tipo.* El cuidado no necesita estar fundamentado en un Sí mismo. Pero la existencialidad, como constitutiva del cuidado, proporciona la constitución ontológica de la autoconstancia del Dasein, a la cual pertenece, de acuerdo con el pleno contenido estructural del cuidado, su Ser caído fácticamente en la no-autoconstancia*. Cuando se concibe plenamente, la estructura del cuidado incluye el fenómeno de la autoconstancia. Este fenómeno se aclara al interpretar el significado del cuidado; y es como cuidado que se ha definido la totalidad del Ser del Dasein.”―de _Ser y Tiempo_. Traducido por John Macquarrie y Edward Robinson, pp. 369-370
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